La caída del inti

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Cuando asomaban las primeras luces del alba todo el vecindario de la populosa zona comercial de la calle Santa Cruz, entre Illampu y Max Paredes, se despertó con un intenso tiroteo en la casa marcada con el número 584. Cientos de policías de civil e uniformados cercaban las inmediaciones y disparaban contra una solitaria habitación ubicada en el zaguán por donde se ingresaba a los patios  interiores del inmueble, morada de numerosas familias. Más de una hora después se escuchó una sorda explosión, cesaron los disparos y comenzó el ajetreo de personas y movilidades, los más curiosos que lograron acercarse vieron sacar a un hombre en camilla, que tanto pudo estar muerto como herido de gravedad. Era la mañana del 9 de septiembre de 1969.

El cuartucho en cuestión, con una sola puerta lateral y un ventanuco hacia la calle, servía de precario refugio del hombre más buscado del momento: Guido Álvaro Peredo Leigue, conocido desde su infancia como Inti. Completamente solo se defendió hasta el último cartucho, hasta cuando la explosión de una granada, arrojada por él mismo según el informe oficial o por los atacantes, según otras fuentes, lo silenció permitiendo su captura, no se sabe a ciencia cierta si vivo o muerto. Tampoco se sabe, hasta hoy, si este desenlace fue producto de una delación o el resultado de una cadena de imprudencias o deficiencias del golpeado aparato guerrillero.

En la misma senda. Inti había quedado como heredero natural e indiscutible del comandante guerrillero Ernesto Che Guevara, asesinado el 9 de octubre de 1967, en el poblado de La Higuera. Un puñado de combatientes cubanos y bolivianos lograron salir de los cercos implacables que les fueron tendidos y con el apoyo de una familia campesina pudieron reponerse en la zona de San Isidro (a unos 20 kilómetros de Comarapa) sobre la antigua carretera Cochabamba-Santa Cruz. A fines de diciembre, ataviados como lugareños en un temerario gesto de audacia y sangre fría, Inti y el cubano Leonardo Tamayo Núñez (Urbano) salen a la carretera, conversan con varios soldados desparramados por la zona, piden permiso para subir a la cabina de un camión de carga y se dirigen tranquilamente a Santa Cruz. Allí cambian nuevamente de ropa, se acicalan y abordan el vuelo regular del LAB a Cochabamba, donde Inti toma contacto con su suegro, el escritor Jesús Lara, uno de los dirigentes locales del Partido Comunista. A partir de ahí se organiza el salvamento de los tres guerrilleros restantes y poco después la salida del grupo cubano hacia la frontera con Chile. Inti se queda en el país y desde la clandestinidad se dedica a organizar el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Un tiempo después estuvo en Chile y Cuba, salió y entró a Bolivia sin ser detectado.

Emitió en julio de 1968 el enérgico manifiesto Volveremos a las montañas en el que anuncia la reanudación de la lucha iniciada por el Che, reafirma la validez de la lucha armada guerrillera y arremete duramente contra el Partido Comunista.

Cinco días antes de su captura y muerte, luego de un largo silencio de más de un año, emitió un segundo mensaje escrito acompañado de cintas grabadas con su propia voz. Es de imaginar el tremendo impacto publicitario logrado, prácticamente todos los medios impresos y radiales de la época le dieron cabida, especialmente en Cochabamba y La Paz, donde se distribuyó simultáneamente. El documento de siete carillas, titulado Al pueblo boliviano, empieza manifestando que el ELN tendría como norma invariable la expresión de la verdad y en partes salientes sostenía que desde el asesinato de Che Guevara la situación revolucionaria se había profundizado en el país, que los traidores fueron identificados y que no podrían librarse del castigo. Analizaba también la situación de los diferentes sectores sociales: fabril, minero, universitario, campesino y señalaba las brutales formas represivas que se empleaban contra ellos.

Cambios en la coyuntura. Después de 17 días de la muerte de Inti, Luis Adolfo Siles, vicepresidente civil que había asumido el mando a la muerte de Barrientos en abril de ese año, fue desalojado del efímero poder que ejercía y remplazado por Alfredo Ovando Candia, hasta entonces comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Institución envalentonada con su triunfo sobre el Che y con licencia para torturar, matar o desaparecer prisioneros o a quien se le ponga al frente. Pero a la vez, unas FFAA con serias contradicciones internas, con sectores susceptibles de aliarse con corrientes progresistas y nacionalistas de izquierda, simbolizadas en tal momento por la presencia de Marcelo Quiroga Santa Cruz en el  gabinete golpista. Menos de un mes después del ascenso de Ovando se produjo la nacionalización de la Gulf Oil Company.

Si estos nuevos elementos de la coyuntura política habrían sido tomados en cuenta o no en el análisis táctico de Inti Peredo para su “regreso a las montañas,” queda en el plano de la más pura especulación. Lo cierto es que sus seguidores, pese a los tremendos golpes represivos que sufrieron, se lanzaron a la segunda guerrilla guevarista en julio de 1970, conducidos por Chato, el menor de los Peredo. Teoponte fue una mezcla de trágica inocencia y voluntarismo, concluye el historiador Gustavo Rodríguez, principal investigador del acontecimiento.

El personaje. Guido Álvaro Peredo Leigue nació en Cochabamba en 1938. Pasó la mayor parte de su niñez y primera juventud en Beni. Militó desde muy tierna edad en el PCB, fue miembro de su comité central y primer secretario del comité regional de La Paz. Estuvo entre los primeros militantes que plantearon la lucha armada para enfrentar la violencia estatal desatada contra el pueblo trabajador, especialmente en mayo y septiembre de 1965. A partir de su entrenamiento militar en Cuba, se adhirió a las posiciones “foquistas” y se incorporó a la guerrilla de Ñacahuazú en noviembre de 1966. Su hermano Roberto (Coco), que también descollaba en la lucha guerrillera, cayó en una emboscada cercana a La  Higuera, el 26 de septiembre de 1967. En las tres evaluaciones trimestrales que el Che dejó escritas sobre Inti (foto adjunta) lo califica como “muy bueno”, un “ejemplo” que “ha pasado la doble prueba del sacrificio y el combate”.Sus restos mortales fueron entregados a la familia Tineo-Leigue y sepultados en una hacienda beniana, donde reposan desde hace medio siglo.

Fuente:la-razon.com

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