EFE / Buenos Aires

La colectividad judía de Argentina, la más grande de Latinoamérica y una de las más numerosas del mundo, arrastra múltiples cicatrices: el Holocausto les dejó una profunda huella que aún perdura, mientras que los atentados a la Embajada de Israel (1992) y la AMIA (1994) siguen frescos en la memoria del país.

La historia de los judíos en la nación sudamericana está marcada por las huidas, la búsqueda de prosperidad, la integración en una tierra de la que se sienten parte y, desafortunadamente, también por las desgracias.

Una  mujer  coloca flores en el monumento del Holocausto. 
Foto:EFE

A finales del siglo XIX y principios del XX, Argentina abrió de par en par sus puertas a inmigrantes de todo el mundo para que ocuparan y labraran el enorme y despoblado territorio del que disponían.

Comunidades judías de diferentes lugares acudieron a esta llamada, se establecieron lejos de las principales metrópolis, en provincias como Santa Fe y Entre Ríos (noreste), y llegaron a crear más de cincuenta colonias agrícolas.”Lo vivieron con gran satisfacción, e incluso dijeron que esta era la tierra prometida, porque podían vivir de su trabajo, porque por fin podían tener una propiedad, educar a sus hijos y vivir dignamente”, explica Anita Weinstein, directora del Centro de Documentación e Información sobre Judaísmo Argentino de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA).

En el período de entreguerras, Argentina mantenía su estatus de escaparate atractivo para los practicantes del judaísmo, que optaban cada vez más por asentarse en las grandes urbes y ejercer de artesanos u obreros, aunque este flujo se restringió conforme el nazismo avanzaba en Alemania. En ese contexto de amenaza creciente, el país sudamericano permitió lo que Weinstein define como “inmigración llamada”, mediante la cual un miembro familiar muy cercano y residente en Argentina podía llamar a otro que se encontrase en el exterior para que le concediesen una visa.

Mientras tanto, en el Viejo Continente, a Eugenia Unger (1926), ahora residente en Argentina desde hace casi 74 años, le tocó vivir la parte más cruda del Holocausto en el gueto de Varsovia y los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau. Unger fue la única superviviente entre sus cuatro hermanos, y recuerda con horror  cómo los nazis en el gueto buscaban a los niños escondidos en escaleras o bajo tablones del suelo: “Tantos muertos, tantos muertos… Los veías al lado de tu puerta”, se lamenta.

Una muñeca   fabricada en  un campo de concentración. 
Foto:EFE

Ella sobrevivió a los campos en parte gracias a la ayuda de unas compañeras gitanas para esconderse de las rondas alemanas, y cuando las tropas ordenaron dejar el lugar al final de la contienda, consiguió escapar en un descuido de sus captores, escondida bajo el estiércol de las vacas en un establo junto a una amiga.

Sin embargo, la posguerra fue tan dura que a veces Unger quería volver a Auschwitz: “No tenía donde dormir, no tenía donde ir”, cuenta. Entonces, aparecían hombres, le mostraban un “anillito” o una “cadenita” y le decían: “Ven, vas a dormir conmigo”. “¡Cuántas mujeres quedaron embarazadas después de la guerra!, ¡cuántas violaciones de los ucranianos, de los rusos…! No tienes noción de lo que pasaba. Entraban y gritaban: ‘¡Vos me debés la vida!”, evoca.

El viaje de Eugenia Unger continuó hasta Italia, donde pasó tres años durmiendo en el suelo con un dólar diario en un campo de refugiados, hasta que se embarcó junto a su marido clandestinamente a Argentina, donde comenzó una nueva vida y se convirtió en un símbolo contra las atrocidades del Holocausto.

Medio siglo después, le tocó a Anita vivir  el ataque a la Embajada de Israel en 1992, que dejó 29 muertos, y mucho más de cerca, el fatídico 18 de julio de 1994, cuando un coche bomba explotó en la AMIA y se llevó consigo la vida de 85 personas.

Minutos antes de la catástrofe, se acordó de que “tenía que preguntar algo” a una persona, salió de la sala -situada en la parte más afectada por la explosión- y se salvó. El acto terrorista sigue impune, y el reclamo de justicia de la colectividad y de toda Argentina no cesa.

Testimonio vivo

  • Recuerdo La AMIA no se mudó. Tras las reformas sigue asentada en el corazón del barrio porteño de Once, donde el avistamiento de kipás en cada esquina y los numerosos comercios judíos que copan las calles dan fe de que la comunidad sigue tan nutrida como siempre.
  • Reflexión En cuanto a Anita, le costó cuatro años volver al lugar, no se atrevió a entrar hasta la reinauguración. Asegura que para lograr superar la tragedia tuvo el ejemplo de sus padres -y en concreto de su madre- por saber recomponer sus vidas y crear una familia después del Holocausto. “Ella siempre entendió que había algo bueno y digno en el ser humano”, reflexiona. Así vive la comunidad judía en Buenos Aires y es numerosa.
     

Fuente:paginasiete.bo

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