Ensayo: Algunos bujarrones del siglo de oro

Bujarrones del siglo de oro.

Andrés de Almansa y Mendoza nos dejó en su Carta XVI un registro histórico bastante curioso. Con motivo de producirse en Madrid un acto sacrílego (un loco que arrebata la hostia a las manos del sacerdote en el momento de la consagración), durante ocho días se impone abstención sexual y se suprime la actividad teatral. Hoy nos parece harto escandaloso que la intimidad sexual haya sido sujeta, en cierto tiempo, a regulaciones de estamentos político-eclesiales. Sucede que la sociedad barroca veía en su gente un estado de relajación moral que alarmaba a la Inquisición y a la moral de la época.

Entre 1726 y 1739, la Real Academia Española publicó su primer repertorio lexicográfico: el Diccionario de Autoridades. En él aparecen términos como ahembradomarica, que se definen como insultos para hombres “de pocos bríos” o para aquel que “en su contextura, voz o acciones parece mujer”. Tales definiciones denotan un uso peyorativo de las palabras, sin que en ello medie alusión a la orientación sexual del receptor del insulto, tan solo sus amaneramientos. Son dos los términos que Autoridades usa para definir específicamente al hombre homosexual: bujarrón, palabra definida como “el hombre vil e infame, que comete activamente el pecado nefando”, y puto, definida como “el hombre que comete el pecado nefando”. Claro está que aquel nefario pecado impronunciable para el primer diccionario de la historia es la homosexualidad. Lejanas estaban aún las consideraciones de Kinsey, los movimientos gelebetosos que todo junio nos llenan de banderas arcoíris y las ineluctables disputas por el género de Butler. El barroco veía en el homosexualismo la perversión moral más censurable, una de la que debía librarse todo hombre que buscase la virtud.

La sociedad del siglo XVII estaba tan espantada ante la homosexualidad que históricamente quedaron registrados casos de juicios civiles y condenas por ello. En las Noticias de Madrid se cuenta que en diciembre de 1622 fueron quemados en la hoguera cinco hombres por prácticas homosexuales; y la condena no hacía diferencia de raza, edad o estatuto social, puesto que estos cinco fueron un bufón, un mozo de Cámara, un esclavo mulato, un criado y un page de la corte: todos quemados en la misma fecha y lugar. La imagen del bujarrón en la cárcel fue motivo también para la ficción. En la Historia y vida del gran tacaño aparece un mozo al que llamaban el Jayán, quien “decía que estaba preso por cosas de aire, y así sospeché yo que era por algunos fuelles, chirimías o abanillos. Y a los que le preguntaban si era por algo de esto, respondía que no, sino por pecados de atrás: yo pensé que por cosas viejas quería decir, y al fin averigüé que por puto”. 

Ante este panorama, resulta curioso el romance de don Francisco de Quevedo, Los que quisieran saber, donde se pinta la siguiente escena postrimera: “Un amante sodomita, / bajando al escuro reino, / daba voces hacia el limbo / por ver muchachos en cueros”. El homosexual ha sido condenado a los infiernos por el pecado nefando, sin embargo no hay arrepentimiento alguno ni en la muerte; no hay pena ante la tortura en ciernes; no hay lección moral aprendida. Al contrario, el deseo sexual se perpetúa en la otra vida, y aún bajando al averno, el hombre busca deleitar la vista con cuerpos jóvenes de muchachos condenados al limbo por no haber sido bautizados. Sucede acá que, si bien en la poesía la homosexualidad ha resultado motivo de reprensión moral, ha sido también figura satírica y jocosa oportunidad para el insulto. En un tiempo donde en los terrenos de la poesía amorosa aún dominaban las figuras petrarquescas donde la amada era aura pura intocable y virtuosa, hubo poetas que dedicaron versos a burlarse de dichas figuras amorosas, poetizando más bien la corporalidad extrema del deseo. 

Algunos poetas vieron a la homosexualidad como una figura literaria conceptista para burlarse de otros y satirizarlos. En una sociedad que veía en el homosexual la suma de todos los vicios, era claro que podía usarse dicha figura como insulto para cualquier hombre acusado de vicioso. Góngora, por ejemplo, insulta así a Lope de Vega (cuya moral estaba en boca de todos cuando ingresa a la Orden Tercera de San Francisco, siendo amante de una dama): “que si dieses en puto de tercero, / diríase por Castilla que es de Lope, / teniendo lo nefando por divino”. Alude así el poeta a que las acciones de Lope no serían divinas, sino más bien tan nefandas como el pecado bujarrón.

Siguiendo con la tónica satírica, Quevedo en otro poema dice: “Por no comer la carne sodomita / destos malditos miembros luteranos / se morirán de hambre los gusanos, / que aborrecen vianda tan maldita”. En los versos está presente la represión moral de la época, pero suavizada en extremo con el humor: la Inquisición está tan escandalizada ante la homosexualidad que ni los gusanos quieren comerse la carne del sodomita. Usa también el poeta el motivo de la quema de homosexuales como amenaza de sí mismo por si osase dejar de amar a cierta dama: “Mas llámenme a mí puto enamorado / si al cabo para puta no os dejare, / y como puto muera yo quemado / si de otras putas me pagare”.

La reprensión moral de la homosexualidad llegó también al Potosí virreinal, donde más bien aparece sin disfraz de humor ni sátira, al contrario, se muestra como pecar de tal infamia que sólo la Divinidad puede llegar para menguar y eliminar. Nuestro poeta indiano, Luis de Ribera y Colindres, añadió a sus Sagradas poesías (1612) un soneto donde recrea la mentada escena bíblica de condena en Sodoma: “Contra maldad nefaria de Sodoma / llegaron los jüeces soberanos, / el fuego traen en las sagradas manos, / para que el fuego de pecar se coma. / Mas ella, hecha brutal, las llamas toma / y mueve en feo ardor los ciudadanos, / y a los que parecían ser humanos, / para violallos, por su mal asoma”. Esta maldad nefaria es claramente la homosexualidad, pecado de tal magnitud y fuego, que requiere de otro fuego divino de mayor poder que llegue para eliminarlo de la tierra. Los sodomitas intentan violar a los ángeles que han llegado a visitar a Lot y nadie más que Dios puede contra ellos: “Defiende Dios con ceguedad la entrada”.

Y es Dios también quien ejecuta el castigo a la sodomía indígena en la Historia de la Villa Imperial de Potosí (1673-1736), de Bartolomé Arzáns de Orzúa y Vela. El cronista narra un caso de indígenas chiriguanos que “cometían el pésimo y abominable nefando, y por no tener impedimento en tan grave maldad se salían de esta Villa y se iban unas veces al Arenal […]: allí cometían el pecado varón con varón, y mujer con mujer”. Es el propio Dios quien los quema con un trueno espantoso a media mañana y quedan los huesos achicharrados en la misma postura en la que copulaban, como lección moral para los pobladores del Potosí colonial.

Sea suma de todos los vicios, retórica oportunidad para el insulto o nefario pecado que sólo puede ser calmado por la divinidad máxima, la homosexualidad ha estado presente en la tradición literaria en lengua española desde diversas figuras y expresiones. Solamente queda esperar que ningún anacrónico lector caiga en la osadía gelebetosa de calificar de homofóbicas estas expresiones literarias.

Juan P. Vargas
Juan P. Vargas es literato investigador en letras del periodo colonial, profesor de afición en secundaria y podcaster. Pertenece al grupo de investigación “La crítica y el poeta” y a la Sociedad Boliviana de Estudios Clásicos. Escribe poesía además de artículos sobre la literatura y la cultura en Bolivia.

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