El discurso de Añez: entre el prójimo y el bárbaro

Ilustración: guizadadurán

“¿No habéis oído la palabra salvaje, que anda revoloteando sobre nuestras cabezas? De eso se trata: de ser o no ser salvaje.” – Domingo Faustino Sarmiento

¡Cuánta actualidad adquieren hoy las palabras del Facundo! En plena pandemia Bolivia se ha visto envuelta en graves entuertos sociales, marchas y bloqueos. El día 11 de agosto, desde su cuenta de Twitter, Jeanine Añez escribió lo siguiente: “Bolivia tiene dos caminos: el camino del bloqueo, del luto y del dolor que le propone el MAS; o el camino del diálogo, el camino de la salud, de la reactivación económica, y la generación de empleos que les proponemos nosotros”. Lo que la presidenta no notó (o quien le escriba los tuits) es que de fondo su afirmación reduce la situación del país a una dicotomía de civilización y barbarie. En el MAS estarían los bárbaros que no dialogan, que no respetan la vida, que solamente buscan causar luto y dolor en la gente citadina contra la que atentan. Mientras que en el gobierno estaría la recuperación de la salud y la economía, rasgos claros de una civilización ideal completamente capacitada para afrontar una pandemia como la que vivimos y unificada en un nosotros en el que la mandataria está incluida. Lo irónico del tuit es que, en su afán por mostrar a Añez como la vía para el diálogo y la unión, hace precisamente lo contrario: divide dos caminos y los dibuja como irreconciliables.

El discurso gubernamental, nada subyacente sino denodadamente declarado, versa sobre esta acusación de barbarie a quienes marchan y bloquean que, para Arturo Murillo, no son bloqueadores de caminos, sino bloqueadores de la vida. Con fina ambigüedad de cuchillo en pluma, el ministro de gobierno acusa de asesinos a los manifestantes y los reduce a salvajes que deben ser controlados por las fuerzas militares que aplaude con devoción. Y esta actitud gubernamental se ve reforzada por los actos civiles que avala, como el de la Resistencia Juvenil Cochala, que el 9 de agosto se adjudicó la tarea de levantar un bloqueo en la avenida Blanco Galindo en un enfrentamiento con bazucas y petardos.

Lo mismo sucedió en el mensaje presidencial del 6 de agosto. La presidenta dedicó varios minutos a diferenciarse del gobierno de Evo Morales en dos puntos principales: la búsqueda de la paz social y la recuperación de la democracia. Mientras el MAS habría tratado de impulsar una guerra civil, Añez afirma haber sido quien construyó los puentes para el diálogo y la tan esperada paz; y por el otro lado, mientras el MAS se habría hecho cargo de todos los órganos de poder (legislativo, ejecutivo, judicial y electoral) en un solo mandato tiránico, Añez se muestra como quien habría logrado la independencia de dichos poderes (y afirmó con ahínco no intervenir para nada en las actuales decisiones del órgano electoral). No opino sobre veracidad o falacia alguna presente en dichas afirmaciones; trato de mostrar cómo el discurso de la mandataria construye un país tremendamente dividido: en el gobierno estarían los civilizadores que buscan la paz y la unión, mientras que en el MAS estarían los salvajes que bloquean sin consciencia y defienden a un tirano barbárico. Una de las bases del discurso retórico de Morales fue el dividir al país entre los de izquierda (aquellos que recuperarían los ideales ancestrales y luchas por el pueblo) y los de derecha (aquellos que se aprovecharían del pobre para aumentar sus riquezas). ¿Será posible aspirar a un discurso gubernamental que supere las dicotomías simplistas en su juego de poder?

A la par de marcar sus diferencias con el Movimiento al Socialismo, la presidenta dibujó su gobierno desde dos puntos. Por un lado, un camino de ayuda al prójimo, definido en las palabras: unidad, solidaridad, acuerdo, generosidad, codo a codo y lado a lado. En segundo lugar, la afirmación de que su misión durante la pandemia sería doble: cuidar la salud y reactivar la economía. Creo que todos estamos de acuerdo en que ambos puntos son hermosos de escuchar y suenan a un país en el que todos quisiéramos vivir. Sin embargo, cabe puntualizar algo subyacente en el discurso. Si el gobierno es definido como un camino de ayuda al prójimo, podríamos hacerle a Añez la misma pregunta que le hacen a Jesús sus discípulos en los evangelios: ¿quién es el prójimo? Desde el discurso bíblico, Jesús muestra que cada hombre sería un prójimo para todos los demás, por el hecho de proximidad o vecindad de unos con otros. Y justamente el amar al prójimo como a uno mismo es una de las premisas primordiales de la cristiandad.

Cabe preguntarse pues si la presidenta y quienes la rodean tienen intención de amar al prójimo como se aman a sí mismos (y a sus puestos de poder). Al pedir que se levanten los bloqueos por un acto humanitario, de fondo se insinúa que los manifestantes carecen de humanidad y que son salvajes peligrosos que deben ser controlados con bala militar. ¿No será más bien que su humanidad está precisamente en ese lugar que se les quiere negar, el de reclamar un derecho? La civilización que el gobierno propone se tiñe de esta premisa religiosa ante una barbarie masista que no sería capaz de ver un prójimo en los otros (por sus bloqueos y presuntos atentados contra la salud). Una persona que acusa de salvajismo a otra y la deshumaniza en su discurso no ve en esa persona a un igual, a un próximo, a un vecino. El amor al prójimo resulta mero discurso de vacuidad plena. El camino fácil para deslegitimar estas marchas es usar al MAS como chivo expiatorio y decir que las está financiando, pagando a los bloqueadores. Sin embargo, cabe recordar que multitud de veces Evo Morales acusó a su tan temida derecha de financiar también muchas marchas y bloqueos con el claro intento de deslegitimar algunas luchas sociales.

En 2019 el movimiento pitita no paró sus marchas y bloqueos (que también perjudicaron enormemente a la economía del país) hasta que Morales abandonó la presidencia. ¿Los manifestantes actuales no gozan acaso del mismo derecho de protesta ante la angurria de poder? ¿O es que solamente los civilizados pueden reclamar un gobierno justo? La historia de Bolivia está marcada por hechos de racismo estatal. Son dolorosas, por ejemplo, las experiencias que narra Jesús Lara sobre cómo sus maestros de primaria lo reprendían cuando se le salía alguna palabra aymara en el colegio. Si pensamos en estos hechos, que perpetuaron en la república la condición colonial del indígena, podemos entender el miedo que cualquier pueblo tiene ante una figura como Añez, que ha declarado abiertamente su deseo de eliminar las costumbres indígenas de las instancias de poder y que, en un claro gesto de provocación, otorga puestos gubernamentales a personajes como Branko Marinkovic. Haya o no un financiamiento fantasmagórico del MAS, ¿acaso no están también defendiendo la vida de los suyos ante un racismo latente en el deseo de perpetuidad en el poder? Tal como el movimiento pitita temía una dictadura en el gobierno de Morales, quienes hoy protestan en el país temen la institución de un orden estatal de abierto aplauso al racismo ya existente. Visto así, se entiende que sea preferible morir de coronavirus a condenar a los hijos a ser meros sirvientes de una clase privilegiada.

La presidenta terminó su discurso pidiendo oportunamente un minuto de silencio por los fallecidos durante la pandemia. Pero antes de este gesto dijo lo siguiente: “Muchas gracias por haberme escuchado, Dios los bendiga y no olvidemos que, más allá de nuestras diferencias, tenemos un gran país. ¡Cuidemos siempre la vida, la salud, la prosperidad, la democracia, la libertad y la unidad de la república de Bolivia!”. Disfrazado en el llamado a la unidad y al luto respetuoso, apareció la sombra republicana afirmada con un gesto de poder que intenta borrar, poco a poco, el ideal de un estado plurinacional. Claramente el discurso de Añez ve en la noción de república la civilización que desea lograr, y en la idea de plurinacionalidad una barbarie de la que desea huir. Todos queremos cuidar la vida y la salud propia y de los nuestros, lograr prosperidad, vivir en democracia, libertad y unidad, pero creo firmemente que todos también queremos ser reconocidos con la misma validez sin nociones raciales. Yo deseo vivir en una Bolivia que valore su propia diversidad y la pluralidad de pensamiento que ello implica; creo en un estado que sea capaz de articular su discurso desde las distintas creencias y desde la riqueza de nuestros pueblos, no desde su reducir el pensamiento del otro a la figura de un salvaje.

Quisiera saber si Añez es consciente de las connotaciones de su discurso, aunque es claro que quienes la rodean sí lo son. Tomando las premisas de la misma religión a la que la presidenta pertenece con orgullo, ¿no podríamos pensar que la solución está en dejar de ver al otro como un bárbaro y comenzar a verlo como un prójimo? Tal vez si la mandataria pusiera en práctica su religión y su ideal de civilización, lograría la pacificación actual que todos deseamos.

Juan P. Vargas
Juan P. Vargas es literato investigador en letras del periodo colonial, profesor de afición en secundaria y podcaster. Pertenece al grupo de investigación “La crítica y el poeta” y a la Sociedad Boliviana de Estudios Clásicos. Escribe poesía además de artículos sobre la literatura y la cultura en Bolivia.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here