El que el Dakar, entretenimiento elitista,  consumista y reproductor de la lógica colonial africana del siglo pasado por excelencia, fuera a pasar por las tierras consagradas a la Pachamama, por un Gobierno de izquierda, anticapitalista y antiimperialista podría parecer visto de lejos, como una total contradicción. De cerca, los bolivianos estamos acostumbrados a eso y aunque es una contradicción conceptual, no lo es dentro del accionar irracional del Gobierno de Evo Morales.

 Esta ya es la tercera versión que pasa por Bolivia y aunque se manejan cifras fantásticas respecto a los réditos económicos que esa actividad pudiera tener, lo cierto es que aunque fuesen verdaderos, ese tipo de réditos no significan gran cosa a la larga. Y es que en términos turísticos, los eventos, a menos que se repitan de una manera sostenida, digamos una agenda cultural que haga que la gente vaya a una determinada ciudad en forma repetida a lo largo de un año, simplemente no ayuda a crear, ni puestos de trabajo estables, ni infraestructura. De la misma manera que el Carnaval de Oruro, no puede producir una infraestructura hotelera para la ciudad de  Pagador, el Dakar no puede hacer nada para las zonas por las que pasa, pisa y destruye.

 Ya hace tres años me he quedado con la duda respecto a quién es el genio comercial que logró venderle la idea al Gobierno boliviano de que ése era un gran producto. Quisiera conocerlo, porque estoy seguro que de alguien así se puede aprender mucho, a menos que su genialidad no sea otra que aquella tan vil que ha sido utilizada en todos los tiempos.

 Pero saltarse todas las construcciones ideológicas y lograr que un país pobre, que supuestamente está haciendo una revolución para los pobres y está contra los ricos de siempre,  no sólo permita, sino que pague para que un puñado de ricos del mundo mundial se divierta produciendo adrenalina a full, realmente es sorprendente.  Aunque el secreto posiblemente  esté en que los del Dakar sabían que el pachamamismo y el respeto a la tierra, y el desprecio al capitalismo, eran sólo una burda pose, un pajpaquismo.

Ahora bien, en este especial año de 2016, año en que gracias a un referendo no sólo se descubrirá si muchos le tienen cariño o no a Evo, el suficiente cariño como para perdonarle sus incongruencias y la forma laxa en que su gobierno  aparentemente ha manejado el dinero de todos,  la carrera del Dakar cobra una aún menos simpática imagen. Es que este año los dakarianos se están pavoneando nada menos que en una región que bien podría ser  declarada zona de desastre debido a la sequía.

La tragedia del Poopó, más allá de los malos manejos de la cuenca del Desaguadero y de la contaminación, debido a la actividad minera, tiene mucho que ver con esa sequía que se está notando en todo el altiplano y que amenaza no sólo con la cosecha de quinua, sino que ha puesto patas arriba al turismo uyunense, porque este año el salar todavía no se ha inundado y los clientes japoneses están muy desilusionados.

No necesitamos ir muy lejos para ver cuál es la lógica gubernamental sensata ante la eminente venida de un desastre natural.  Basta fijarnos en nuestro más cercano vecino,  Perú.

 Allí, en primer lugar, se ha suspendido el Dakar porque se ha decidido que cada centavo va a ser necesario para paliar los efectos del fenómeno de El Niño que, aparentemente, este año se vendrá con todo.  Dicho sea de paso, también se ha suspendido, por el mismo motivo, la construcción del nuevo y gran Museo Arqueológico que se pretende hacer en Pachacamac.

Hay quienes han criticado esa decisión, pero las situaciones extremas exigen soluciones extremas.  Respecto a la construcción del museo de Evo, a la vueltita de la ruta por donde ha pasado el Dakar, tengo entendido que las cosas van viento en popa, aunque el Poopó esté seco. Damos pena ¿no?

Agustín Echalar Ascarrunz

es operador de turismo.

fuente:http://www.paginasiete.bo

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