La reciente victoria opositora en Venezuela ha sido refrescante, por varios motivos: demostró que haber construido, enfrentando grandes dificultades, un frente opositor, y haberlo dotado de espíritu democrático y movilización ciudadana, logró lo impensable: derrotar en las urnas a un gobierno que había dado preocupantes señales antidemocráticas además de negligencia en el manejo económico. La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) obtuvo en las elecciones parlamentarias 112 diputados (incluyendo a tres indígenas), justo la mayoría calificada del Parlamento, mientras el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) consiguió 55 escaños.

En ese sentido, la victoria opositora viene a ser considerada un ejemplo de cómo pueden ser  enfrentados los regímenes proclives al autoritarismo: con unidad y con visión democrática.

La responsabilidad de la oposición venezolana trasciende por tanto su compromiso con la sociedad venezolana, ávida de estabilidad, fin de la polarización y mejoría económica. Su desempeño será analizado con detenimiento en todos los países del continente y de lo que haga o deje de hacer dependen también otras fuerzas democráticas de la región.

Lamentablemente, sin embargo, el frente opositor venezolano está empezando a mostrar sus primeras fisuras, que provienen de miradas también distintas de sus dos principales líderes: Leopoldo López, preso en una cárcel venezolana tras haber sufrido un juicio plagado de irregularidades y cabeza del sector más radical, y Henrique Capriles, el moderado gobernador del estado de Miranda y arquitecto de la unidad opositora.

El primero fue responsable de la denominada La Salida, una estrategia que buscaba que Nicolás Maduro, el Presidente de esa nación, fuera forzado a renunciar. En las protestas organizadas para ese efecto murieron 43 personas y se organizaron manifestaciones y barricadas en varias calles de Caracas y otras ciudades. Capriles, por otro lado, aseguraba que la única manera de sacar al chavismo del poder es mediante la vía electoral y presentando soluciones a los problemas sociales y económicos que enfrenta el país.

Esas dos visiones siguen estando vigentes hoy en la numerosa, diversa, y a veces contradictoria bancada opositora venezolana, congregada en la MUD, un conglomerado de 28 partidos que van desde la izquierda a la derecha, pasando por las fuerzas democráticas tradicionales que salieron del poder cuando  llegó Hugo Chávez.  Los nuevos parlamentarios iniciaron su gestión en este mes.

Las tensiones y diferencia de miradas entre esas dos tendencias han aflorado en los últimos días, con críticas públicas que hacen temer futuras divisiones en el Legislativo, ante la segura complacencia del oficialismo. Capriles, en una entrevista periodística, dijo que La Salida, igual que el paro petrolero contra el expresidente Hugo Chávez (diciembre de 2002 a febrero 2003), fue un fracaso.  

Este dirigente también señaló que la mayoría parlamentaria obtenida en las urnas debe ser usada para ayudar a evitar la “explosión social” y no para desalojar del poder a Maduro, como es el deseo de un grupo de parlamentarios.

No es negativo que exista debate al interior de un grupo político y en ese sentido, ventilar estas diferencias no es necesariamente malo siempre que al final prime la búsqueda de los consensos y el debate democrático. El faccionalismo y el sectarismo sí serían muestras de poca madurez política y escasa mirada de largo plazo.

He allí el desafío opositor: entender que su país debe encaminarse a la recuperación democrática y toma del poder tras el fin del gobierno de Maduro, y no enredarse en estériles pugnas internas. En ese sentido deben trabajar López y Capriles y los otros máximos dirigentes contrarios al chavismo: el exalcalde Antonio Ledezma, actualmente bajo detención domiciliaria; Jesús Torrealba, jefe de campaña de MUD; y Henry Ramos Allup, dirigente del partido socialdemócrata Acción Democrática y nuevo presidente de la Asamblea Legislativa que se instaló el 5 de enero.

fuente:http://www.paginasiete.bo

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