Hace algunos aos hice un viaje casi nocturno entre Juliaca y Arequipa, en taxi. Haba perdido el avin y me tocaba alcanzar un vuelo que me llevara a Lima desde la ciudad blanca. En el trayecto me puse a charlar con el chofer, y éste me cont su singular historia. Era de un pueblito perdido en el valle Sagrado, cerca del Cusco, y haba sido llegado a Lima a sus 11 aos. Un pariente de su padre lo convenci de irse con él a la gran ciudad. All, le dijo, él acompaara a su pequeo hijo e ira a la escuela. Él por su lado tena muchas ganas de salir de su casa y de su pueblo. De la casa, porque su pap lo pegaba frecuentemente, y del pueblo porque su profesor, que era muy bueno y a quien él admiraba, les deca siempre que deban salir, que deban conocer mundo, que esa vida en el campo no era vida.
 
Y as, sin ms ni ms, con la aquiescencia de sus padres, parti con este casi pariente.  Me cont que bajaron de la sierra hasta Arequipa, y de ah a Caman. All vio por primera vez el mar, porque para los serranos peruanos, la lejana de éste es tan grande como la de los bolivianos, aunque sin rencor. Y fue en esa playa que su “benefactor le dijo que en la costa no poda estar con trajes de la sierra que eran de lana y hechos en casa; le compr unos pantaloncillos cortos, una polera y el nio decidi tirar al mar sus pilchas andinas y se sinti muy feliz. Ese viaje fue una secuencia de das muy felices, casi de los ms felices que vivi en su niez, me dijo.
 
Cuando lleg a Lima, las cosas cambiaron radicalmente. Si estaba el nio, pero él no estaba para jugar con éste, tampoco hubo escuela. El pequeo andino fue obligado a ir a trabajar; tena que ir a vender especias que el maldito “benefactor embolsaba, y tena que volver con las cuentas claras. Si le faltaba un sol, le esperaba una tunda. Una vez quiso escapar y recibi una mayor. Le hacan dormir en el zagun de la casa, que en verano era fresco, pero helado en el invierno, y cuando en esos meses hmedos limeos él se refugiaba en el sof de la sala de la casa, si lo pescaban poda recibir también una paliza.
 
Aguant algo ms de siete aos y a los 18 escap. Cuando le pregunté por qué no haba huido antes, si iba solo al mercado a vender, si no estaba encerrado, me cont que mora de miedo, que su captor le haba dicho que los policas estaban all para pescar a los nios como él que se escapaban, y que los llevaban a lugares donde nunca ms les dejaban ver el sol. Un da se encontr con un joven, hizo amistad con él, y éste le aclar que todo era mentira. No volvi a la casa, pero igual sinti tanto miedo que se escap lo ms lejos posible. Por eso termin en Juliaca. All conoci a la que sera su mujer; una seora de eque, y ahora ellos tenan un buen negocio, adems de ese taxi especial que poda hacer viajes largos, y una casa de cuatro pisos. Su historia tuvo un final feliz y él me dijo que no tena amargura, pero que s tena planeado iniciar algn da un juicio al canalla que lo llev con engaos a Lima y lo retuvo esclavizado durante toda su adolescencia.
 
La historia me dej perplejo y era tremendamente genuina, precisamente porque fue contada en esos paréntesis, donde los extraos cuentan sus historias a otros extraos. La semana pasada, cuando le sobre el caso de Tomasita, no pude dejar de recordar ese viaje de cuatro horas que se hizo corto.
 
No conozco los pormenores de lo que pas con Tomasita, pero lo que aprend aquella noche  es que la trata de menores s existe en el Ande, y aprend también cun frgiles pueden ser los nios y jvenes del campo, sobre todo hasta hace poco, cuando la informacin era an muy restringida.  Este es un problema que debe ser incluido en la agenda de la proteccin a las personas. No se trata de un caso aislado, los sistemas de servidumbre han pervivido o perviven en nuestras pobres sociedades hasta nuestros das.
 
Agustn Echalar es operador de turismo.

Fuente: Pagina Siete

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