viuda desde hace 6 años y es una de las vendedoras de dos delicias culinarias, tojorí y anchi, más antiguas del mercado Central. De hecho, lleva 39 años vendiendo estos manjares que le ayudaron a criar a sus hijos y a salir adelante, por lo que hoy habló con El País eN y ésta es su vida. 

Hija de doña Evarista Zenteno viuda de Salinas, cuenta que desde niña le tocó trabajar por una decisión personal que tomó a muy corta edad. Su madre la había puesto a estudiar en el colegio Rosa Arce, pero cuando cursó el tercero de primaria ella le dijo a su mamá que ya no quería estudiar, pues no le gustaba y ya sabía leer y escribir. 

Entonces su madre al ver tal determinación, aceptó el pedido de su hija pero le dijo que como no quería estudiar la iba a ayudar en su trabajo, ya que ella hacía comida para vender. Así que lo primero que la mandó a hacer fue a moler ají y pelar papa. Luego debía ir con las ollas de papa al mercado para vender. Esto empezó cuando ella tenía ocho años. 

“Así estuve hasta que me casé, cuando tenía 20 años, mi hija nació en el año 59. Después tuve a mis otros hijos”, dice mientras explica que como se casó, tuvo que dejar el trabajo y se dedicó exclusivamente a las labores del hogar, pero cuando vio que lo que ganaba su marido no alcanzaba para criar a sus cinco hijos, ella decidió volver a trabajar y para eso, empezó a cocinar. 

Ella hacía saice y todo tipo de comidas típicas para vender en la calle, afuera de su casa ubicada en la avenida La Paz. Hasta que un día su hermana le preguntó si había acabado toda la comida en la venta y ella le respondió que no. Fue ahí que su hermana le dijo que había tenido un sueño en el que la vio a ella haciendo anchi, por lo que le preguntó si se animaba a hacer la prueba, a lo que ella asintió inmediatamente. 

Al día siguiente su hermana ya había comprado todos los ingredientes y como Hilda no sabía cómo hacer el anchi, su hermana le indicó. Ese fue el día en el que ella hizo su primera olla de anchi para vender, con la que se salió rumbo al mercado central, donde se sentó en el piso, al lado de una mujer que también vendía, pero que ofrecía tojorí. Su nombre era Palmira.

“Me senté a su lado y el primer día vendí un plato. Pero no me di por vencida, seguí  haciendo y ya vendía ya más, ella (Palmira) me ayuda también y les decía a sus clientes, hay anchi también. Hasta que un día la señora me dice, ‘hagasé tojorí más, para que cuando yo termine, usted pueda seguir vendiendo tojorí’. Entonces ella me enseñó a hacer el tojorí y por eso yo la agradezco mucho a esa señora que no era nada envidiosa”, relata. 

Esos fueron los inicios de Hilda en el mercado, allá por el año 1970. Cuenta que los inicios fueron  muy duros pues dice que las vendedoras del mercado eran malas y “envidiosas”, ya que cuando estaban sentadas en un lado las botaban y así se iban moviendo de una a otra parte. Dice que por mucho tiempo estaban cerca a la puerta de la calle Sucre, así que cuando llovía se movían un poco más para adentro. Ni ella, ni doña Palmira tenían sillas o mesas en sus puestos de trabajo, por lo que sus comensales consumían parados alrededor de ellas. 

Recuerda que su vida fue muy dura, pues además de lidiar con las vendedoras del mercado, ella tenía que soportar a su marido, quien además de no ganar mucho y andar por mal camino, él la pegaba.   

“Mi vida no ha sido una vida de familia feliz. Me casé pensando que iba a ser lindo, que mi marido me iba a mantener, que me iba a cuidar, pero no ha sido así, me tocó un marido malo, porque me pegaba mucho, andaba mal. Pero yo todo el tiempo lo aguanté, 50 años de matrimonio; es que yo decía que un día hice un juramente ante Dios de que iba a estar casada hasta que la muerte nos separe y así fue”, dice. 

Relata que sus hijos, todos, veían lo que su madre tenía que aguantar y cuenta que hoy cuando habla con ellos de lo pasado, ellos le agradecen a ella por todo lo que hizo y aguantó. “El hijo mayor que tengo llora y dice, mamita estas manos han sabido trabajar y usted hubiera vendido hasta piedras para poder salvarnos y no hacernos faltar nada”, añade. 

De hecho dice que hizo de todo para llevar dinero  a su hogar; incluso cuenta que cuando llegaban camiones de manzanas al mercado, ella agarraba un montón, se sentaba en el mercado y las vendía para llevar comida y vestimenta a sus hijos. “Así yo ganaba para mis hijos, nunca me quedé esperando y diciendo, mi marido me va a dar”.

De esa manera, con un puesto casi ambulante dentro del mercado, Hilda estuvo durante casi 19 años, hasta que ella finalmente consiguió un puesto fijo. Desde ese entonces no se movió de su puesto de trabajo y espera seguir haciendo esto hasta que Dios se lo permita. Por todos los años que ella está dentro del mercado Central, es ya una persona conocida y cuando las funcionarias de la Intendencia le consultan si el mercado le sirvió de algo, ella agradece al señor por haberle dado esa oportunidad de trabajo. 

“Gracias a Dios que me dio esa fuente de trabajo, porque con esto tengo para comer, tengo una casa que no será de lujo pero tengo mi casita, mis hijos ya hicieron su vida cada uno, y si bien no son profesionales, siempre están a mi lado, viéndome y cuidándome”, expresa.

Consultada sobre cómo hace para la preparación dice que es necesario levantarse muy temprano, al menos para hacer el tojorí. Por eso ella empieza a las tres de la mañana, pone las ollas a hervir y desde ahí hay que estar vigilando constantemente para que no se queme. En cambio con el anchi su preparación es más fácil, se hace remojar en la noche y en la mañana lo hace hervir. 

Dice que con el tojorí la cosa se complica porque el maíz es duro, pese a que ya desde un día antes está en remojo. Explica que el tojorí lo poner a hervir desde las tres de la mañana hasta las 10, de ahí lo pone a sus ollas para la venta, las amarra bien y en la tarde a las 14.00 ya está en el mercado para vender. Cuenta que hay días en los que la venta está un poco floja, se debe quedar hasta las 20.30 para terminar y de ahí se va a su casa a descansar para empezar bien temprano al día siguiente la misma rutina. 

Hoy doña Hilda trata de disfrutar esta etapa de su vida, primero con su trabajo que tanto le gusta hacer y segundo, acompañada de su nueva pareja, Domingo Jerez. Ella ahora vive en el área rural, en la comunidad de Santa Bárbara, un lugar mucho más tranquilo y pasible que la ciudad, donde junto a su pareja hacen todos los días el anchi y el tojorí que tanto le gusta a niños y adultos. 

“A mí me gusta hacer mi trabajo, me gusta estar con la gente, hablar con ellos, porque vienen mis clientes, me preguntan una cosa, otra. Yo digo que si me quedo en mi casa y dejo este trabajo capaz y me enferme. Por eso sigo aquí”, finaliza. 

Fuente: www.elpaisonline.com

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