Desde hace 40 años, La guerra de las galaxias saquea la historia del cine y los arquetipos míticos para abonar una nueva mitología, escribió hace un par de semanas el reputado crítico e historiador de cine alemán Rüdiger Suchsland, usualmente muy cauto en sus juicios. Traigo a colación este apunte puesto que sintetiza el criterio compartido por cronistas de distintas latitudes, para desagrado manifiesto de las legiones de fans del que, probablemente, sea el mayor fenómeno de masas generado en la historia por cualquiera de los productos de la industria hegemónica del entretenimiento.

Nos encontramos frente a la más exitosa operación marquetinera de instalación en el imaginario de los públicos de prácticamente todos los confines del mundo de eso que Frederic Martel denominó la cultura mainstream. El sociólogo e investigador francés se refería así a las maniobras utilizadas por los principales conglomerados de la industria del cine para activar cíclicamente las pautas que debe seguir cualquier iniciativa que pretenda abrirse un resquicio en el mercado de consumo de objetos culturales.

¿Franquicia? ¿Artefacto cultural? ¿Artefacto histórico? ¿La fuente en la cual abreva la mitología de este tiempo? Son algunos de los calificativos utilizados para referirse a la saga de La guerra de las galaxias. La saga es todo ello, entre varias otras cosas indesligables si se procura desovillar el enigma.Una franquicia en los medios de comunicación es el derecho de autor registrado sobre los personajes, el libreto original y las marcas conexas. Usualmente es además el punto de partida de una estrategia de merchandising. En ese orden de cosas La guerra de las galaxias, inscrita por George Lucas en el rubro ópera espacial épica aunque siempre negó haber calculado de inicio todo lo que sobrevendría, declinó rápido en novelas, series de televisión, videojuegos, historietas, juegos de rol y toda la parafernalia de objetos que hacen parte de aquello que en la jerga de la mercadotecnia se denomina universo expandido.

Realizador en 1969 de THX-1138 estrenado en 1971, un inclasificable largometraje donde el futuro emperador ya despuntaba empero su gusto por el pastiche, nadie hubiese podido adivinar lo que Lucas se traía entre manos. Ni siquiera sus amigos y colegas Coppola y Spielberg, quienes se tomaron en sorna el anuncio, a mediados de los años 70, sobre del inminente rodaje de La guerra de las galaxias: una nueva esperanza, una vez dejado de lado, menos mal, el proyecto de hacerse cargo de la dirección de Apocalipsis Now.

El hecho es que años después, en virtud del bizarro rodaje de tres precuelas (La amenaza fantasma de 1999, El ataque de los clones de 2002 y La venganza de los Sith de 2005) producidas luego de la primera trilogía (Star Wars de 1977, El Imperio contraataca, de 1980 y El regreso del Jedi de 1983), el capítulo inaugural de la saga pasó a ser el capítulo IV de ésta.

Para hacerla corta: hasta 2005 los seis episodios habían recaudado la friolera de 5.510 millones de dólares, sin contar los ingresos adicionales por 1.200 millones producto del universo ciertamente expandido, sin importar los agujeros negros de la estructura dramática de cada capítulo, la errática aparición/evaporación de personajes reducidos en ocasiones a peluches o la probada incompetencia de Lucas para armar una sola escena de amor convincente.

No obstante la tozudez de Lucas no tan lejos ni hace mucho en presentarse como el paladín solitario peleando por su libertad en reñido enfrentamiento con el lado oscuro de los estudios, éste logró en tiempo récord una expansión tal que su imperio incluía las empresas Lucasfilm Ltd, Industrial Light&Magic, LucasArts Ent., Lucas Licensing y Lucas Learning, así como el 10% de Hashbro, una multinacional fabricante de juguetes.

La venta en 2012 de Lucasfilm a The Walt Disney Co. cerró apenas un capítulo y abrió otro, aparejado al anuncio de la nueva trilogía, cuyo primer eslabón acaba de llegar a las pantallas. Se prevé que los dos siguientes lo hagan en 2017 y en 2019. Ergo hay guerras intergalácticas para rato. Buena noticia para los incondicionales, menos buena para los críticos, cuyos reparos no han cejado en 40 años, por lo visto sin merma alguna de su popularidad.

Existe coincidencia generalizada, eso sí, en que Lucas cambió para siempre el cine de Hollywood. Pero tal unanimidad es solo aparente, pues los opiniones se bifurcan entre las de quienes consideran que fue un cambio para mejor y las de aquellos que aseveran lo contrario, basados no obstante ambos pareceres en la evidencia del impacto de las innovaciones técnicas introducidas por el director, sobre todo en materia de efectos, que han marcado un referente ineludible para toda producción de allí en más. Este cambio puede resumirse en el paso del cine de autor al cine de productor, el reino de los efectos especiales y de la trivialización de la realidad.

Esos son los datos fríos. El interrogante a responder sigue siendo la raíz de semejante diana colectiva, adicionalmente con una durabilidad infrecuente en el voraz recambio de modas y modelos, el modo operativo de la sociedad de consumo.

La astuta mezcolanza a mansalva de citas y alusiones al cine clásico y sus géneros, con elementos repescados de la mitología más otros entresacados de variopintas corrientes religiosas (taoísmo, budismo, sintoísmo y creencias de origen céltico) ofrecen una pista. No es que semejante collage aspire a la complejidad. Al contrario, muy en la onda de la estética posmoderna no es una mera coincidencia el apogeo de esa teoría hoy exhausta con el impacto de las hechuras de Lucas, la mezcolanza se convirtió en el no-estilo profesado con momentánea devoción ante el presunto fin de la historia.

Ya en su primera entrega, según propia confesión de Lucas o por simple constatación fáctica, Star Wars picoteaba de la caballería medieval, la sociedad feudal, la obra El héroe de las mil caras del profesor de mitología Joseph Campbell, el western, las seriales de cine sobre todo Flash Gordon, algunos filmes clásicos de Kurosawa, Lawrence de Arabia, los documentales de combates aéreos de la II Guerra Mundial, Casablanca. Más tarde se sumaron citas de Fausto, Ben Hur, Espartaco y Los tres Mosqueteros. En todos los casos, muy en la dicha onda posmoderna, meras citas, referencias, no reinterpretaciones.

Se trata del recurso a leyendas y fábulas recurrentes en la historia de la humanidad: el ángel caído y la redención; el elegido; el objeto-talismán; la dama en peligro; los caballeros andantes; la inmaculada concepción; la búsqueda del padre. El mito los arquetipos primarios infantilizado, como escapatoria a la grisura cotidiana.

El folletín galáctico era y es la puesta al día de la clave gatillada en los años 40 por el productor Irving Thalberg, uno de los arquitectos de los años dorados del imperio de Hollywood, al sentenciar que la edad mental promedio del espectador norteamericano del espectador en general, corresponde a la de un chico de 12 años, y que el éxito depende de comprender, respetar y ser comprendido por ese feliz consumidor atragantado de pipocas en la luminosa oscuridad de las catedrales del esparcimiento contemporáneo.

La saga propugna cierto mesianismo de baratillo, acorde a un tiempo en el cual las utopías palidecen y las religiones se encuentran bajo el asedio de las sectas de diverso cuño, permitiendo que el jediismo inspirado en los gestos de los caballeros Jedi se convierta en una flamante congregación con más de 45.000 fieles en el Reino Unido y alrededor de 40.000 en Australia.

La primera trilogía respiraba por lo demás algo del aire anarquista de la generación anti guerra de Vietnam. La segunda se repliega a una visión más conservadora y cuando, en 1983, Ronald Reagan lanzó su Iniciativa de Defensa Estratégica sistema de láseres y ojivas para interceptar los misiles del imperio maligno (la URSS), rápidamente popularizado con el nombre de Star Wars quedaron pocas dudas de hacia dónde apuntaba Lucas.

Por algo debe ser que ninguna de las parodias funcionó y hasta Mel Brooks patinó en el intento. Resulta muy difícil parodiar algo que ya es en sí una parodia, la reducción de la complejidad de la vida a una bipolaridad primordial/maniquea: el bien versus el mal (Fuerza/Lado Oscuro; República/ Imperio) con un barniz fashion. O, puesto en palabras del actor británico Alec Guinness, un mundo aniñado de fantásticas banalidades de segunda mano.

fuente:http://www.la-razon.com

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