No ahora, desde hace un puado de aos, y toda vez que prcticamente ya no compro libros, vengo observando lo desactualizada que, inevitablemente, se puso mi humilde biblioteca personal (mil y pico volmenes, a menudo astrosos y descabalados). Y en ella, sobre todo los libros que, como buen diletante, acumulé a lo largo de los aos sobre poltica, historia, ideologa y otras vainas (porque la literatura es diferente, claro: los 25 siglos que nos separan de Sfocles no mellan el interés y hasta asombro que sus obras despiertan).

Me refiero a ttulos como  Los mil das de Kennedy  o La responsabilidad de los intelectuales, libro donde el un tanto chalado  Noam Chomsky afirmaba que el gobierno de Lyndon Johnson era parecido al de Hitler, o  El fantasma de Stalin, donde Sartre trata de explicarse la invasin soviética de Hungra en 1956. Temas todos que los millenials actuales deben observar como yo veo las guerras  napolenicas. Pero si no boto esos volmenes o trato de revenderlos en el pasaje Nez del Prado, es porque, siempre que vuelvo  a hojearlos, aprendo algo; aqu va un par de cosas al respecto: 

Leccin uno: Cun veleidosa y traidora puede ser la historia con los pobres intelectuales que se aventuran a pronosticar del decurso de los hechos: el filsofo Cornelius  Castoriadis, por ejemplo, aseguraba (en  Ante la guerra, 1981), con abundantes cifras de misiles, ejércitos y tecnologa militar, que Occidente estaba condenado a perder cuando la guerra fra final e inevitablemente se calentara y los dos ejércitos se enfrentaran en el Armagedn. Pocos aos después, sin mayor alboroto ecuménico guerrero, el imperio soviético se desmembraba y pereca de muerte natural para dar paso a la potencia de segundo orden que es ahora. Pobre Castoriadis, le fue mal como agorero. 

Algo parecido pens Jean Francois Revelen  Cmo terminan las democracias (1983).
 
Apesadumbrado, razonaba este seor que las democracias de corte occidental, por sus propias caractersticas, podan albergar y de hecho albergaban a los gérmenes de sus asesinos. La gente que no cree en la democracia la usa para encumbrarse en el poder y luego la destroza, deca.
 
Ergo, no haba esperanza: las autocracias se impondran a la larga por una serie de factores sesudamente mentados por el autor. También se equivoc, a juzgar por lo que ocurri en general en el mundo hasta el fin del siglo XX.

Y una vez ocurrido esto, en América Latina todos pensaron que la dictadura de los Castro en Cuba, ttere como era de la rusa, desaparecera por la fuerza de la gravedad. Nadie imagin que la nomenklatura islea se las arreglara de mil y una formas para perpetuarse en el poder dinsticamente hasta ahora, y para colmo mueva fichas para ayudar a consolidar la dictadura de nuevo cuo aparecida en Venezuela.

A m me sorprende el silencio sbito que se ha producido en el mundo respecto de Venezuela tras los meses de lucha y los muchos jvenes muertos contra la vergonzosa seudoasamblea constituyente, elucubrada para deshacerse del parlamento y asumir a Maduro como dictador puro y duro. 

Porque despide noms un olor a resignacin: el método cubano de aguantar hasta que la gente se canse de protestar parece que da resultado. Y a fin de cuentas, el mundo poltico del subcontinente y los medios de comunicacin internacionales dejan de asombrarse y preocuparse de cmo un cogollo de aventureros africanizan un pas que podra ser envidiable.

Lo cual me lleva concluir con la ltima enseanza: cuando la amenaza de una dictadura se cierne sobre tu pas (especialmente si éste es chico y pesa poco en el mundo, como Venezuela, y ms aun Bolivia), no esperes que la salvacin venga del exterior (eso solo puede ser accesorio). Es el pueblo el nico responsable de restaurar el ambiente de una institucionalidad mnima, como ocurra antes del régimen actual.

Retomo pues esta columna (con otro nombre), abandonada hace unos meses debido a un charco emocional, para, como cualquier ciudadano, aportar mi granito de arena (en el ms estricto sentido de la frase hecha) en la tarea urgente de desbaratar el proyecto malsano de instaurar una oligarqua cleptocrtica permanente en este pas.

Walter I. Vargas es ensayista y crtico literario

Fuente: Pagina Siete

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