Hay una innegable tensin entre quienes creen que las caractersticas del funcionamiento internacional en el siglo XXI diluyen y modifican de modo irreversible las fronteras decimonnicas que caracterizaron las construcciones nacionales en la era moderna y contempornea y quienes, por el contrario, defienden las identidades especficas de cada comunidad como una forma imprescindible de afirmacin individual y colectiva que no destruya las races de la unicidad.
 
Ciudadanos del mundo o miembros de una tribu? Qué somos? Qué nos caracteriza? Qué tenemos en comn y qué nos diferencia? La distancia fsica insalvable de los albores de la humanidad tard milenios en superarse. Nacimos en un espacio geogrfico inmenso que poda considerarse como “infinito para quienes tenan que vivirlo en el nomadismo recorriendo a pie kilmetros y kilmetros para conseguir el alimento. Quienes partieron de frica en el camino de la expansin, o quienes recorrieron otras rutas tardaron miles de aos en cruzar continentes. Vivieron y murieron sin saber de la existencia de otros semejantes que en su ruta vital afrontaron los mismos desafos para enterrar a sus muertos, dominar el fuego, construir sus techos, elaborar utensilios para el diario vivir, vasijas, contenedores, herramientas, armas, fundir metales,  hacer germinar la tierra de manera deliberada, navegar, organizar el funcionamiento de la comunidad, establecer normas, combatir por la defensa del espacio propio o por la expansin frente al espacio ajeno los mismos problemas, las mismas o similares soluciones, las mismas pulsiones, la misma curiosidad insaciable, la misma necesidad de construir y dominar, las mismas ansias de control y de poder, de mando y el sentido de destino, las mismas complejas y hondas relaciones con aquello que la razn no puede comprender, la misma decisiva y compleja vinculacin con el mundo sobrenatural y con la conciencia de la finitud, la imperativa necesidad de creer en dioses capaces de explicar por la va de la fe lo que no se puede entender o explicar por la va de la razn. El mundo se edific desde lugares ignotos y desvinculados que establecieron los fundamentos de civilizaciones que, en ltima instancia, fueron una, la civilizacin humana.
 
Con el paso de los siglos esas distancias se fueron achicando y comenzaron las conexiones, los vnculos, las relaciones o las rupturas, el comercio y la guerra, no necesariamente en ese orden, marcaron un momento decisivo que estableci nexos que comenzaron a tejer una red que nadie ni en sus fantasas y elucubraciones ms desmesuradas, poda siquiera vislumbrar en una mnima parte en que devendran esos minsculos grupos que fueron nuestro origen. El Océano Atlntico se cruza en tres horas y media, 7.500 millones de personas poblan la tierra y contando pueden vivir en ella, cinco mil millones de teléfonos celulares y contando buena parte integrados a la red nos permiten ver en tiempo real acontecimientos que estn ocurriendo a diez mil kilmetros de distancia. Vestimos, comemos, vivimos, bailamos, escuchamos, vemos prcticamente lo mismo en Tokio, Nueva York, Pars, Johanesburgo, Sidney o La Paz.
 
Pero a la vez, en cada lugar, encontramos una peculiaridad, el sonido de una lengua, los acordes de un son, las especias y aromas de comidas irrepetibles, los trajes y los colores bullentes de trajes distintos, formas de expresar el amor, de saludar, de susurrar, de gritar, de pensar el mundo como el horizonte inmediato en el que cada uno se mueve… el sentido de pertenencia por el color de las montaas o el tronar del mar, o el verde inmenso de la selva, la lluvia, el polvo inmenso de las arenas desérticas, los vientos y las corrientes masivas de los ros gigantescos, o los rascacielos y los vidrios que reflejan y el ruido de los motores y las luces centelleantes de los vehculos serpenteando en las grandes autopistas, el tono de la pequea calle hmeda, las deslumbrantes cristaleras de las tiendas de lujo, el sonido de la campa lejana o el balido de las ovejas. Local y global.
 
Los dioses que nos transforman en seres admonitorios, intolerantes, afanosos por proclamar una palabra, la palabra que transformar las almas, las verdaderas absolutas, las fes que no mueven montaas pero s dominan voluntades, el recogimiento y la meditacin , la oracin y la intercesin, la generosidad. Somos todo eso realmente?

Carlos D. Mesa Gisbert es expresidente de Bolivia.

Fuente: Pagina Siete

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