El bloqueo de caminos es parte del ornato como los molles, los canillitas o el quiosco relleno de dulces para las caries. Y en una mirada menos decorativa, los bloqueos son la imposibilidad de un orden del que se sienta parte el conjunto del pas. Esa imposibilidad ha sido también alentada por una pertinaz narrativa antropo-sociolgica. Hace décadas que cierta academia festeja romnticamente el asedio de la sociedad oprimida al Estado. Lo que esa academia no sabe explicar es por qué en tiempos de Evo y su izquierda nacionalista, el asedio al Estado sigue. Ser porque, como alega el indianismo, el Estado no ha cambiado del todo?

Hay quienes ven en los bloqueos el vaso medio lleno. Uno es el historiador James Dunkerley. En alguno de sus lcidos ensayos sobre Bolivia afirma que el bloqueo es una muestra de no querer llegar al extremo, al exterminio cainita, a la bala. Para Dunkerley, el bloqueo devela que los disconformes no quieren que la sangre llegue al ro. Para ponerlo en una frase, en la guerra civil espaola nadie se content con bloquear.

Pero solo ver el vaso medio lleno es como un premio consuelo. Si un buen trozo del pas anda insatisfecho, bloqueando por razones explicables, lunticas o muy terrenales, significa que el “pacto constituyente es cuento chino. De haber un orden nuevo, los bloqueos seran marginales. Y es que parte de la poblacin vive an desencantada o, por lo menos, torpedeando el interés general (que no es el suyo), si conviene.

Est también ah, claro, la tradicin nacional de montoneros alzados. Porque el orden es aqu palabra sospechosa, tab. Nadie aboga de frente la supresin de los bloqueos ni, ms difcil, imagina cmo los suprimira. El Estado no tiene fuerza ni legitimidad para imponerse. Y los que lo manejan andan ocupados en su supervivencia (poltica y personal). Su cada podra ser la paga de un bloqueo mal despejado o batido a la fuerza.

Empero, en toda sociedad el orden -labor impopular- tiene un responsable legtimo. En Bolivia, no.
 
Confiamos en nuestra infinita capacidad de arreglos y contubernios. En la colonia se llamaba “gobierno por consenso. Los funcionarios reclamaban que haba que negociar con todos, sin fin, hasta la senda que se abra con aparente provecho general.

El orden, en su mitad de consenso (o de aguante) y en su porcin de coercin, es pues el ncleo de un genuino pacto constituyente. Pero nadie se anima a tratarlo. Se intuye que el equilibrio frgil es mejor que cualquier estallido incontenible. No hay un programa poltico que afronte este nudo gordiano sin eufemismos o tpicos, como el de la bondad intrnseca de la calle. Y si nadie aborda ese nudo, nadie ha de cortarlo.

El fin de los bloqueos es pues utpico. Al grado que ni un gobierno mayoritario como el que algn da fue éste, ha podido instalar una conviccin que los desaliente. Al contrario, ha acabado usando la prebenda, no las convicciones, para cimentar su inseguro dominio.

Quiz es mucho pedir que alguien construya el interés generala partir de pedazos de interés particular, corporativo, de cada clan o tribu que conforma el pas. Clanes -arriba y abajo- duchos también en la ganancia de bombardear el bien comn o amenazar con atracarlo. Todo gobierno les paga protection money para asegurarla paz endeble que no lo tumbe.

Suena cnico, pero -puestos a elegir- quién sabe estamos mejor noms  entre la prebenda y la precariedad, que en manos de un termocéfalo para el que slo se trate de aplicar mano fuerte. Y sin embargo, no por eso un orden sin bloqueos, cuya violacin sea la excepcin, es menos imperioso.

Los programas polticos pueden prometer “vivir bien, la venida de Cristo o la jauja perpetua, pero al eludir las rocas para ocuparse de los guijarros prueban que hemos abandonado las tareas primarias a que el tiempo y la Divina Providencia las resuelvan. Y hasta ahora, no han podido.

En el papel, claro, todo est resuelto. Est escrito el “vivir bien, por ejemplo. Cuéntenles a los que viven en Copacabana bloqueados, estos das. A ver qué dicen.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

Fuente: Pagina Siete

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