En una conferencia otorgada en México por el gurú de los procesos insurgentes en América Latina, Boaventura de Sousa Santos, al evaluar la situación de Bolivia y Ecuador, concluyó que en estos países “el Estado nacional penetró como nunca antes en todo el territorio. Pero al mismo tiempo,  la Constitución pluricultural que ellos impulsaron llegó a estorbarles”.

Se suponía que la insurgencia de naturaleza étnica, que incorporaba un riquísimo elemento a los movimientos sociales y transformaba la naturaleza de las luchas históricas, culminaría en el mediano plazo, transformando las sociedades en entidades multiétnicas, en las que todos los grandes sectores sociales, que desde la fundación de la República habían sido sistemáticamente excluidos, alcanzarían un grado de desarrollo en que, sin poner en riesgo sus propios sistemas culturales y las diversas cosmovisiones particulares de cada pueblo indígena, participarían de los beneficios de la bonanza económica, en un escenario enriquecido además con las particularidades valorativas y culturales de cada uno de los sectores étnicos partícipes. La reforma constitucional se presentó así como el requisito indiscutible a efectos de concretar las nuevas posibilidades de construcción pluricultural.

Hasta ahí la historia auguraba un futuro prometedor. Los movimientos de izquierda, que en las dos décadas anteriores habían invertido todas sus fuerzas en la recuperación democrática, vieron en la nueva coyuntura la oportunidad de concretar el sueño larga y sangrientamente cultivado de transformar nuestros Estados en estructuras más equitativas y modernas, disminuyendo, a través de la participación democrática de todos los sectores sociales, las brechas de desigualdad económica, política y cultural que, finalmente, llevaron nuestras sociedades a un callejón sin salida.

De alguna manera, Evo Morales, en Bolivia, realizaba el sueño de la izquierda nacional secuestrado en la década de los años 90 por una visión liberal designada como “capitalismo salvaje”. ¿Cómo fue entonces que la “Constitución pluricultural que ellos impulsaron llegó a estorbarles”? ¿Cómo pudo ser que un proyecto incluyente, basado en una visión de equidad y justicia social, fundamentada en los propios sistemas culturales de los diferentes pueblos originarios, se transformara constitucionalmente en un estorbo?

La respuesta parece obvia: estos gobiernos (particularmente los de Bolivia y Ecuador) pensaron las sociedades que gobernaban fuera de los márgenes de la democracia. Nunca se plantearon sociedades multiétnicas dentro de  los márgenes de la democracia y mucho menos como entidades inmersas en las concepciones de la modernidad global.

Para estos caudillos  (y quizás como una respuesta psicológicamente condicionada) la inclusión, la participación y la vigencia de todas las formas de pluralidad, basada en la igualdad de los derechos para todos los ciudadanos, más allá de su condición de clase, etnia o raza, sólo era posible como venganza, y la venganza es precisamente la negación de cualquier forma democrática.

No eran plurales. Se hacían, pero no lo eran y, en consecuencia, la posibilidad de establecer proyectos democráticos estaba vetada, desde el momento en que la democracia se basara precisamente en el reconocimiento pleno de la pluralidad en todas sus formas. De ahí a comprender por qué lo primero que hizo el Gobierno fue negar la existencia del mestizaje no hay más que un paso.

La cruzada en contra de los mestizos, fundamentada por un opúsculo del Vicepresidente, es, sin duda, a la luz de la penosa declaración de Boaventura de Sousa Santos, una confesión de culpa, que al menos tiene la hidalguía de reconocer que no se puede construir pluralidad, equidad y justicia fuera del marco de la democracia.

Lo que el ideólogo de los movimientos sociales latinoamericanos considera “claros signos de agotamiento del modelo” no es más que el reconocimiento de que la forma moderna de existencia de las sociedades, homogéneas (cosa por cierto imposible) o plurales y multiétnicas es inexorablemente en los márgenes de la democracia.

No hay un solo ejemplo a lo largo de toda la historia en que una visión social sectaria, excluyente y discriminadora pueda hacer democracia. Tanto como no hay un solo país que pretenda sobrevivir la modernidad fuera de la las normas y preceptos democráticos.

Renzo Abruzzese es sociólogo.

fuente:http://www.paginasiete.bo

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